Facebook | 4 de septiembre 2021
Las redes sociales es lo que nos acercan a los que tenemos lejos. Gracias a los medios tecnológicos hemos podido estar en contacto a pesar de estar encerrados. Los últimos meses no sólo estoy mucho más lejos de los míos sino que es la primera vez que estoy además en otra franja horaria. Desde que entró en el noviciado de la Compañía de Jesús he ido aprendiendo, y gracias a quienes quiero que me han permitido equivocarme muchas veces, a mantener las relaciones afectivas en la distancia. Pero aunque nos separan cientos o miles de kilómetros, e incluso tengamos una diferencia de siete horas confirmo lo más cristiano: lo que más nos acerca es la oración.
Hace algo de un año hice un viaje con un compañero jesuita, Antonio. A él le habían detectado un cáncer un par de meses antes. Nuestro viaje tenía como destino la celebración de los votos en Loyola de tres novicios que ahora son también compañeros nuestros. Hicimos una parada -obligada- Javier, un lugar que para mí es muy especial. Siempre que puedo, voy allí. Pero esta vez fue diferente porque, celebrando la eucaristía los dos solos, mirando a Cristo sonriente, empezamos a llorar primero por un miedo acumulado que terminó en lágrimas de profunda confianza y esperanza. Hoy, un año más tarde de esa experiencia del Espíritu de la Resurrección, él está muerto.
¿Puedo escribirle un mensaje por estos medios tecnológicos que tanto nos acostan? ¿puedo acaso comunicarme con él con una video llamada que tanto usamos durante el confinamiento? ¿No dicen que apropan a los que están lejos? No. Nada supera la fuerza de la oración. Nada puede competir con la unión de ánimos. Hoy cuando saco a la memoria a Antonio sigo llorando como aquel día: primero con lágrimas egoístas que me quitan a la alegría de poder seguir compartiendo con él todo, gracias a la oración. No dejemos nunca de resar unos por otros, pues aunque podamos comunicarnos es con la oración con la que nos mantenemos unidos.
Nubar Hamparzoumian sj






