Eucaristía por la Paz

Os dejamos la lectura que se leyó al inicio de la celebración:

MISA POR LA PAZ

Cuando la guerra estalla, el horror de tanta tragedia nos golpea y nos colapsa. Nos llenan sentimientos de perplejidad, rabia, indignación, impotencia, tristeza, compasión... Quisiéramos gritar «¡Que lo detengan!», quisiéramos poder detenerlo. ¿Nos preguntamos qué debemos hacer? ¿qué podemos hacer? ¿cómo debemos hacerlo? Tenemos muchas inquietudes, muchas preguntas y pocas respuestas.

Sin embargo, la guerra no es una fatalidad, ni tampoco una casualidad imprevisible. La guerra es un resultado. El resultado de muchos errores y de mucha maldad anteriores, de muchas tensiones atizadas por el afán de poder y control sobre personas y fuentes de riqueza. La guerra es la consecuencia y la culminación de la perversidad.

A diferencia de otras catástrofes que asolan a la humanidad, la guerra es preparada, decidida y ejecutada por unas personas en contra de otras. Es una decisión criminal que alguien toma y muchos consienten, que condena a la muerte a miles de víctimas inocentes, a la miseria ya la huida millones ya la destrucción de casas, fábricas, escuelas, hospitales y tantos y tantos bienes que ha costado mucho esfuerzo levantar.

Lo sabemos, pero una vez más no lo hemos sabido evitar. ¿Lo hemos querido? ¿Qué hemos hecho para evitarlo?

Ahora, una vez iniciada, todos corremos. ¿Pero ahora quién lo para? Ya hay muy mal hecho, para muchos ya hemos llegado tarde.

Quizás no tenemos todas las respuestas, pero sí tenemos cosas que decir y cosas que hacer.

La primera: NO MATARÁS!!!

Pocos preceptos se refieren a un tema tan grave como éste, la vida humana, y son tan cortos y claros. En cambio, pocos preceptos han sido tan relativizados y se han encontrado tantas razones para esquivarle: que si pena de muerte, que si guerra justa, que si legítima defensa, que si defiende de intereses legítimos, que si la lucha por la justicia o la libertad, que en defensa de la religión, que si en nombre de Dios...

En cambio Jesús no le relativiza, al contrario, le hace aún más exigente: «Ya sabéis que se dijo a los antiguos: ''No mates, y el que mate será condenado por el tribunal''. Pues yo les digo: El que se irrite con su hermano será condenado por el tribunal; el que le insulte será condenado por el Sanedrín, y el que le maldiga acabará al fuego del infierno.»

Y todavía: «Ya sabéis que se dijo: ''Ama a los demás, pero no ames a los enemigos''. Pues yo le digo: Ame a sus enemigos, ruega por quienes le persiguen. Así serán hijos de tu Padre celestial, que saca el sol sobre buenos y malos y hace llover sobre justos e injustos.»

Debemos llamarlo fuerte: NO MATARÁS!!! Y no cansarnos de repetirlo y repetirlo. NO MATARÁS!!! Nunca, por ningún motivo, por ninguna causa. Nunca harás daño a nadie para obtener ningún beneficio. Ningún buen fin justifica un medio cruel y perverso. Más bien los medios crueles y perversos envenenan y estropean las finalidades más nobles.

¡NO MATARÁS! NO MATARÁS!! NO MATARÁS!!! ¡Nunca, nunca, nunca!

La segunda: SILENCIO Y ORACIÓN

Hay unas palabras de la madre Teresa de Calcuta, que nos han llegado en forma de canción, que dicen así:

El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el saque. El fruto del servicio es la paz.

Observamos que la paz es el final del camino, pero todo empieza con el silencio. Hay que detener el ruido, los gritos de guerra, el odio. Necesitamos detenernos y no dejarnos llevar por la vorágine de noticias, imágenes, opiniones... Necesitamos el silencio para llegar a la oración, a la fe, al amor, al servicio y finalmente a la paz. Necesitamos el silencio y la oración para recobrar la serenidad y la paz interiores. Necesitamos el silencio y la oración para poder escrutar nuestro interior, para hacer conscientes nuestras disposiciones interiores y si es necesario cambiarlas. Preguntémonos:

En el conflicto: ¿Busco la Verdad o sólo el trocito de verdad que me favorece?

En el conflicto: ¿Me esfuerzo en encontrar una solución justa para todo el mundo o sólo persigo la victoria?

En el conflicto: ¿Simplifico en buenos y malos? ¿Polarizo? ¿Atio el odio? ¿O mantengo el respeto, quiero cuando todo el mundo odia, trato de crear puentes y aspiro a la reconciliación? ¿Soy instrumento de paz o de crispación?

Necesitamos el silencio para pacificarnos. Sólo pacificados podremos pacificar y descubrir a cada uno cómo debe hacerlo, cuál debe ser su aportación.

¡PACIFICÁMOSNOS Y OREMOS!

La tercera: ¡LA ACCIÓN!

Los sentimientos sin acción son nada. Debemos pasar de los sentimientos a la acción. Cada uno debe encontrar la suya, lo que puede hacer, a poco que sea. Y hacerlo. Siempre pensando en el servicio a las víctimas, en mitigar el dolor, en rebajar el odio, en ser portadores de paz y de esperanza y en exigir a los responsables de todas las partes que detengan la matanza y que sean capaces de llegar a un acuerdo justo.

¿QUÉ HARÉ YO AHORA?

La cuarta: PREPARAR LA PAZ

La paz tampoco es casual. La paz es también un resultado. Hay muchos errores a evitar y muchas condiciones previas a construir. Cada vez estamos más interrelacionados y nos necesitamos unos a otros. Debemos edificar las relaciones internacionales y la seguridad sobre la colaboración en lugar de sobre el enfrentamiento. Necesitamos desarmarnos, en todos los sentidos. Necesitamos preparar mecanismos racionales para resolver los nuevos conflictos que seguro vendrán. Si esta guerra no la hemos sabido evitar, debemos conjurarnos a evitar las siguientes. Si seguimos preparándonos para la guerra, volveremos a tener guerra.

¿CÓMO COLABORARÉ EN LA CONSTRUCCIÓN DE LA PAZ?

Llamamos y hacemos silencio, oramos y actuamos, preparamos la paz para evitar la guerra.

Y siempre, en nuestro grito, en nuestro silencio, en nuestra acción y en nuestro compromiso por la paz, mantenemos la esperanza y el gozo de sabernos partícipes de la construcción de un mundo más digno, trabajadores del Reino de Dios.

Señor, háganos instrumento de tu paz.

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