Esta semana dos iniciativas de la Compañía o de entidades relacionadas abordarán la cuestión la espiritualidad que puede surgir después de la pandemia desde un enfoque positivo. En los últimos meses, otras charlas o ciclos de conferencias han abordado este tema. Son momentos de iniciar esta reflexión para alumbrar luz en los cristianos.
En este sentido profundiza el último artículo publicado por Alvaro Lobo en la Civil Católica titulado “Secuelas espirituales de la pandemia”. En su comienzo señala cómo las pandemias en el pasado alteraban la forma de comprender el mundo, incluida la percepción de Dios y del hombre, de la muerte y la vida y por tanto cómo “las pandemias se pueden convertir en auténticos puntos de inflexión”.
¿Cuáles son las secuelas espirituales de la Covid-19? Se pregunta este jesuita, mientras se responde que se pueden convertir en oportunidad como lo fue para san Ignacio de Loyola el mismo cañonazo que le destrozó la cama y propició su cambio de vida y una conversión espiritual.
Al largo del artículo señala varias secuelas espirituales pandémicas y aporta, junto a la visión negativa los posibles frutos positivos de las mismas. Situa las secuelas en distintos ámbitos: la imagen de Dios, la desacramentalización de la fe, la muerte, la confianza, la nostalgia. Analiza consecuencias como el hecho de que el confinamiento ha provocado que muchos cristianos perciban que no necesitan los sacramentos en su fe; el gran esfuerzo que va a suponer el rediseño de actividades pastorales tras mesas paradas así como la necesidad de repensar las liturgias, encuentros y celebraciones sin el calor de la muchedumbre -procesiones, grupos, oraciones multitudinarias, conferencias, Jornadas Mundiales de la Juventud...- “Estamos ante la urgencia de rediseñar nuevas propuestas entretean de nuevo lazos comunitarios, lo que supone un sobreesfuerzo y una exigencia creativa para agentes pastorales que en ocasiones no dan basto”, afirma Lobo.
Entre las secuelas espirituales que nos ha traicionado la muerte tras presente en estos meses, vislumbro como oportunidad lo que “Asomarnos al final de nuestra vida nos cuestiona cómo queremos vivir, diferenciamos mejor lo profundo de lo superficial, lo importante del accesorio”. Y respecto a la Confianza, un valor perdido ante la gran pérdida de seguridades que hemos experimentado invita a observar la vida de los místicos porque para ellos “las situaciones de abandono son momentos de entrega y unión máxima con Dios, donde la desesperación se abraza a la confianza más auténtica”.
Frente a la soledad pandémica propone valorar lo colectivo, algo que nos puede “ayudar a ubicarnos en una nueva crisis social que todavía no ha legado al punto álgido”.
Concluye su reflexión afirmando que como “cristianos debemos insistir en que esta pandemia también es una experiencia de crisis y de aprendizaje, de poda necesaria y de renovación urgente, y principalmente de esperanza, pues sin duda va a marcar el devenir de la humanidad en los próximos años. misericordia de Cristo en su propia historia”.
Publicación original del artículo en Civiltá Cattolica, en italiano .
Publicación del artículo en Civiltá Cattolica, en inglés .





