Este fin de semana hemos podido cumplir con la última voluntad de Antonio Ordóñez: descansar en Loyola. El sábado por la tarde, en la paz de un entorno privilegiado, y acompañados por todos los compañeros que desde tanto tiempo atrás han dado la vida por Dios en la Compañía, celebramos en el cementerio de Loyola la eucaristía de funeral por nuestro compañero.
En la Fiesta de la Santísima Trinidad pudimos, como comunidad, celebrar el amor de Dios que es en sí mismo comunidad y misión. Nos unimos las distintas “familias”: primero sobre los padres (Paco y Mari) y sobre los hermanos. También los compañeros jesuitas, presididos por el P. Provincial, quien presidió la eucaristía. Y después personas que han ido acompañando la vida apostólica de Antonio, sea en Puerto de Santa María, Barcelona y tantos otros lugares donde nuestro compañero se consagró con generosidad y pasión.
En una de sus poesías, que recordamos en forma de esquina, Antonio se hacía eco de que faltan héroes que se pongan al servicio de los demás. Con una mezcla de pena y serenidad puede culminar un proceso de duelo que se ha hecho muy largo debido a la pandemia, hoy recordemos que echamos de menos a un héroe en nuestro lado, pero que vivimos desde el convencimiento de que hay un héroe más al lado del Padre intercediendo por nosotros.





