"¡Venga, venga arriba!" por Antoni Bassas

(Comunidad Cristiana San Pedro Claver)

La Comunidad Cristiana de San Pedro Claver del Clot me invita a escribir en el “Pensem-hi”, y me sugiere que me dirija a los jóvenes que, a causa de la pandemia, no pueden encontrar trabajo, no pueden ir a la universidad presencialmente o se les han detenido las relaciones sociales. Me parece una idea adecuada, y sé de qué me hablan: la pandemia dejó sin trabajo a mi hijo ya mi hija mayores, y sin clases presenciales a la pequeña. Pero les diré lo que les he dicho a ellos, con el espíritu de animarles y que no se angustien, porque la vida es muy larga y quien busca, encuentra.

Para empezar, disculpad que ponga en perspectiva el impacto de la pandemia en su vida. Os invito a pensar cómo será vivirla en un campo de refugiados en Grecia o, por no ir más lejos, en una nave industrial abandonada de Badalona. Y tampoco creéis que sois los más afectados por las consecuencias de la Covid-19: ¿cómo se sentirán sus abuelos y abuelas que se han quedado sin el almuerzo de Navidad, sin una fiesta de cumpleaños o sin un simple abrazo vuestro y se levantan cada día pensando que quizás éste fue la última Navidad, el último aniversario? ¿Cuántas Navidades, cuántas velas para soplar, cuántos abrazos tiene ustedes por delante? Y podría hablarle del drama de la gente de la edad de sus padres que se han quedado sin trabajo ya quien nadie contrata. En la pandemia, todo el mundo ha perdido algo.

Y ahora, permítame que examine su situación a la luz de las experiencias de quienes le han precedido. Porque a menudo decimos que ustedes ya no vivirán tan bien como sus padres. Preguntad en casa, a los que pasaron la Guerra Civil, la posguerra y bajo la dictadura de Franco, cuántos trozos de vida no se dejaron entre las bombas, el hambre y la represión política y moral. O los que nunca pudimos estudiar en catalán. No pretendo consolarle con los males de los demás ni rebajar la experiencia del confinamiento, pero en el siglo XX, en Cataluña, se han vivido experiencias bastante más duras que ésta. No ha habido ninguna generación que lo haya tenido fácil y, créame, la suya no es de las que peor lo ha tenido. En serio se lo digo, no tenga nostalgia de un pasado que no ha vivido.

Tiene razón en que el mundo en el que vive no te gusta porque las generaciones anteriores le han llevado al límite. Entiendo perfectamente que la incertidumbre vital que nos provoca el cambio climático ensombrece sus ilusiones, sus proyectos de futuro. Y esa amenaza por el planeta no se puede relativizar. O que el mercado laboral al que se enfrenta pague poco y mal. Pero no es verdad que el mundo vaya sólo hacia atrás. Y no hablo de logros que mi generación no pudo disfrutar y que van del Erasmus a los teléfonos móviles, sino que hablo de un estado de conciencia extendido e imparable sobre la situación de las mujeres o de las personas LGTBI, que vienen de siglos de abusos y de inferioridad que ahora, aunque empujones y ruedas. La misma conciencia medioambiental, que formula razonables incógnitas sobre el futuro, es en sí misma, un avance en relación a la ignorancia con la que antes nos hacían vivir o queríamos vivir. Éste es un mundo paradójico: todo está amenazado, pero nunca como ahora habíamos sido conscientes de la amenaza, ya generaciones como la suya ya no se les puede hacer pasar con razones. Por tanto, lo que nos corresponde es actuar, comprometernos con nuestras actitudes, hábitos y relaciones de cada día.

Y esto nos lleva al final: la vida es lucha. Para empezar, lucha por la misma vida. No piense que los derechos de que ahora disfruta y le parecen indiscutibles (que las mujeres voten, la jornada laboral de ocho horas o el matrimonio homosexual) son normales porque cuando nació ya se los encontró. Se los encontró porque alguien fue a la cárcel, o perdió su trabajo, o cayó en el ostracismo social para alcanzarlos, y no los da por asegurados: son difíciles de ganar y fáciles de perder.

Y, sobre todo, debemos distinguir la diferencia entre bienestar y consumo. Porque esta es la gran responsabilidad de mi generación: haber pensado que si se lo dábamos todo no le faltaría de nada y tendría una infancia feliz. Y el resultado es que os hemos ido desconectando de la gratuidad, del sentido del bien común, de la relación entre el esfuerzo y el resultado, incluso de la espiritualidad. Nos hemos separado de lo que nos hace más nobles y levanta el listón de la vida colectiva, y os hemos convertido en consumidores antes que en personas. Por eso, cuando la pandemia ha cortado en seco nuestro modelo de vida hemos perdido los límites materiales con los que estábamos acostumbrados a movernos y parece como si alguien nos estuviera estafando una vida a la que sentíamos que teníamos en pie. Ahora debemos levantarnos todos, jóvenes y mayores, y con una decisión por aquí y una actitud por allí, ir respondiendo a la pregunta que el obispo Pere Casaldàliga hacía siempre a la gente cuando conversaba: “¿Y qué, cómo va la lucha?”.

Un fuerte abrazo.

Antoni Bassas

Periodista

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