La comisión de Eucaristías del Casal hace años que se reúne para tratar de dinamizarlas. Este año empezábamos el mes de septiembre con la incorporación de seis personas nuevas, con lo que había aportación de ideas noveles y mucha más colaboración por las misas del sábado, evitando que el trabajo recayera sólo en unos pocos. La verdad es que todos nos hemos implicado con ganas para tratar de convertir la misa del sábado en algo cada vez más vivido y espiritual.
Empecábamos el curso con un mundo roto y con una ventana. Un mundo roto por la suma de todos los egoísmos de todos y cada uno de nosotros y por algunos egoísmos desproporcionados e ignominiosos. La ventana para abrir caminos de esperanza evangélicos, a partir de las palabras de Jesús.
En Navidad, una estación de tren nos recordaba que “algo” estaba por llegar, alguna buena noticia para todos los habitantes de este mundo, especialmente los más pequeños y pobres, los que más sufren su ruptura.
Por Cuaresma, los escombros de una casa abandonada, nos recordaban que debíamos desembolsarla -la casa, que simbolizaba a cada uno de nosotros- para sacar aquellas cosas negativas, aquellas ladrillos, que nos impedían descubrir el tesoro escondido que es Jesús mismo que nunca nos había abandonado.
En la Pascua, la buena noticia de Jesús Resucitado hacía brotar ríos de agua viva que, poco a poco, iban iluminando y coloreando el mundo y nos iluminando a nosotros.
En el día de Pentecostés, vemos un mundo plenamente coloreado e iluminado por aquel Espíritu que Jesús nos prometió. Creemos que su Espíritu se hace presente hoy entre nosotros. El mismo espíritu que ilumina al mundo dándonos esperanza. Sólo con una actitud contemplativa podemos pasar de la mera fe a la experiencia de esta luz que a veces permanece escondida por nuestros prejuicios, por nuestras limitaciones y por todo el ruido que llena nuestro día a día. Hacemos silencio, cerramos los ojos y descubrámoslo.






